Encontré este documento y quería compartirlo con ustedes para que tengan algunas ideas sobre el sistema educativo más exitoso del mundo en la actualidad, haber si podemos importar algunos elementos a nuestra realidad. Al final he planteado algunas preguntas y actividades que nos inviten a la reflexión.
LOS MEJORES DE LA CLASE
Por Fergus Bordewich

Todos podemos aprender del brillante ejemplo de las escuelas finlandesas. EL SINGULAR AMBIENTE que reina en la Escuela Primaria Poikkilaakso, situada en un suburbio de la ciudad de Helsinki, seguramente haría suspirar de envidia a maestros y educadores de todas partes del mundo.
Los alumnos del grupo mixto de preescolar y primer grado de la maestra Anna-Leena Olkinuora están sentados en torno a mesas redondas pintando paisajes invernales. Anna-Leena se desplaza lentamente entre los niños, y se inclina para elogiar a uno de ellos por su dibujo de una ardilla que retoza entre los árboles. “Siempre estamos observando lo que hacen en el aula para identificar su estilo de aprendizaje”, explica. “Cada niño tiene metas propias y un ritmo de aprendizaje diferente”.
En el piso superior, la pálida luz del sol invernal atraviesa las ventanas del salón de clases de Mervi Valta, que está supervisando a sus 28 alumnos de cuarto y quinto grados: niños y niñas de 10 y 11 años. Algunos estudian historia; otros, matemáticas, y algunos más, gramática. “Todos saben lo que tienen que hacer”, dice Mervi, señalando una gráfica de colores pegada a la pared que indica las tareas diarias de cada alumno. “No siempre hacemos lo mismo al mismo tiempo, ni a la misma velocidad”.
Fuera del aula, en un pasillo iluminado, cuatro niños que ya acabaron su trabajo del día se entretienen con un juego de mesa. En otro sitio de la espaciosa escuela, tres niñas ensayan un baile para una obra de teatro, sin maestros a la vista. A pesar de la poca supervisión la escuela está asombrosamente tranquila (y silenciosa, pues, como en todas las escuelas primarias finlandesas, los niños se quitan los zapatos y andan en calcetines).
“Cada niño elabora su propio plan de estudios anual”, explica Kimmo Sundstrom, director de esta escuela de 280 alumnos. “Cada uno, ayudado por sus padres y maestros, establece las metas que desea alcanzar, y así la motivación se mantiene alta. Si alguno requiere apoyo especial en matemáticas, lo recibe; si otro avanza más aprisa que los demás en lenguaje, se le alienta para que siga adelante”.
Estos niños son pioneros del experimento educativo más exitoso del mundo.
Los resultados recién publicados de un estudio internacional realizado en 2003 por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), ubican a los estudiantes finlandeses por encima de los de otros 40 países que fueron evaluados en lectura y ciencias, y muy arriba del alumno medio de las naciones afiliadas a la OCDE. El examen aplicado, conocido como PISA, también mostró superioridad de los finlandeses en matemáticas. Más de un cuarto de millón de estudiantes de todo el orbe contestaron esta prueba.
Las escuelas finlandesas no sólo obtuvieron el primer lugar en excelencia académica, sino también en la educación de alumnos menos dotados y en la reducción de diferencias de rendimiento entre niños y niñas. En pocas palabras, las escuelas finlandesas no dejan que ningún niño se rezague. “Los resultados del examen PISA muestran que un sistema educativo puede combinar exitosamente alta calidad con igualdad”, dice el informe.
¿QUÉ ESTÁN HACIENDO BIEN los finlandeses? La razón de sus logros no es el derroche de dinero: el gasto de Finlandia en educación primaria y secundaria es un poco mayor al promedio europeo, pero menor al de algunos de sus vecinos nórdicos. Finlandia tampoco ha recurrido a las panaceas recomendadas por educadores de otros países, como evaluaciones exhaustivas, cargas de trabajo más pesadas, readopción de métodos de enseñanza del pasado o aplicación de medidas disciplinarias más estrictas.
Los niños finlandeses empiezan su educación escolar a mayor edad (siete años) que los chicos de otros países, casi todos en escuelas públicas, y en promedio dedican unas 30 horas a la semana al trabajo escolar, incluidas las tareas en casa. Esto contrasta con las 50 horas a la semana que dedican los estudiantes coreanos, cuyo desempeño en el examen PISA fue un poco inferior al de los finlandeses.
Los problemas típicos de las escuelas en muchos países son relativamente raros en Finlandia. Aunque el hostigamiento entre condiscípulos, el consumo de drogas y la falta de respeto a los maestros sí existen, se procura resolverlos lo antes posible. El ausentismo tampoco es común: de alrededor de 62,000 jóvenes que cada año terminan la enseñanza media, sólo 1000 abandonan la escuela, y la mitad de éstos tarde o temprano reanudan sus estudios. Finlandia disfruta de algunas ventajas: en comparación con otros países, tiene pocos inmigrantes que batallen con problemas de idioma y adaptación cultural. Además, el cultivo de la palabra hablada y escrita es una tradición finlandesa. Durante los siglos de gobierno sueco y ruso, leer y escribir en finlandés fue símbolo de nacionalismo y motivo de orgullo.
Sin embargo, hasta mediados de los años 70, Finlandia no era modelo de innovación escolar. Como en muchos otros países europeos, a los educandos finlandeses se les hacía un examen a los 10 años de edad a fin de encaminar los por “vías” académicas o vocacionales separadas. Esto determinaba prácticamente el resto de su vida, pues una vez encarrilados en una vía, era casi imposible cambiar a otra.
Por Fergus Bordewich

Todos podemos aprender del brillante ejemplo de las escuelas finlandesas. EL SINGULAR AMBIENTE que reina en la Escuela Primaria Poikkilaakso, situada en un suburbio de la ciudad de Helsinki, seguramente haría suspirar de envidia a maestros y educadores de todas partes del mundo.
Los alumnos del grupo mixto de preescolar y primer grado de la maestra Anna-Leena Olkinuora están sentados en torno a mesas redondas pintando paisajes invernales. Anna-Leena se desplaza lentamente entre los niños, y se inclina para elogiar a uno de ellos por su dibujo de una ardilla que retoza entre los árboles. “Siempre estamos observando lo que hacen en el aula para identificar su estilo de aprendizaje”, explica. “Cada niño tiene metas propias y un ritmo de aprendizaje diferente”.
En el piso superior, la pálida luz del sol invernal atraviesa las ventanas del salón de clases de Mervi Valta, que está supervisando a sus 28 alumnos de cuarto y quinto grados: niños y niñas de 10 y 11 años. Algunos estudian historia; otros, matemáticas, y algunos más, gramática. “Todos saben lo que tienen que hacer”, dice Mervi, señalando una gráfica de colores pegada a la pared que indica las tareas diarias de cada alumno. “No siempre hacemos lo mismo al mismo tiempo, ni a la misma velocidad”.
Fuera del aula, en un pasillo iluminado, cuatro niños que ya acabaron su trabajo del día se entretienen con un juego de mesa. En otro sitio de la espaciosa escuela, tres niñas ensayan un baile para una obra de teatro, sin maestros a la vista. A pesar de la poca supervisión la escuela está asombrosamente tranquila (y silenciosa, pues, como en todas las escuelas primarias finlandesas, los niños se quitan los zapatos y andan en calcetines).
“Cada niño elabora su propio plan de estudios anual”, explica Kimmo Sundstrom, director de esta escuela de 280 alumnos. “Cada uno, ayudado por sus padres y maestros, establece las metas que desea alcanzar, y así la motivación se mantiene alta. Si alguno requiere apoyo especial en matemáticas, lo recibe; si otro avanza más aprisa que los demás en lenguaje, se le alienta para que siga adelante”.
Estos niños son pioneros del experimento educativo más exitoso del mundo.
Las escuelas finlandesas no sólo obtuvieron el primer lugar en excelencia académica, sino también en la educación de alumnos menos dotados y en la reducción de diferencias de rendimiento entre niños y niñas. En pocas palabras, las escuelas finlandesas no dejan que ningún niño se rezague. “Los resultados del examen PISA muestran que un sistema educativo puede combinar exitosamente alta calidad con igualdad”, dice el informe.
¿QUÉ ESTÁN HACIENDO BIEN los finlandeses? La razón de sus logros no es el derroche de dinero: el gasto de Finlandia en educación primaria y secundaria es un poco mayor al promedio europeo, pero menor al de algunos de sus vecinos nórdicos. Finlandia tampoco ha recurrido a las panaceas recomendadas por educadores de otros países, como evaluaciones exhaustivas, cargas de trabajo más pesadas, readopción de métodos de enseñanza del pasado o aplicación de medidas disciplinarias más estrictas.
Los niños finlandeses empiezan su educación escolar a mayor edad (siete años) que los chicos de otros países, casi todos en escuelas públicas, y en promedio dedican unas 30 horas a la semana al trabajo escolar, incluidas las tareas en casa. Esto contrasta con las 50 horas a la semana que dedican los estudiantes coreanos, cuyo desempeño en el examen PISA fue un poco inferior al de los finlandeses.
Los problemas típicos de las escuelas en muchos países son relativamente raros en Finlandia. Aunque el hostigamiento entre condiscípulos, el consumo de drogas y la falta de respeto a los maestros sí existen, se procura resolverlos lo antes posible. El ausentismo tampoco es común: de alrededor de 62,000 jóvenes que cada año terminan la enseñanza media, sólo 1000 abandonan la escuela, y la mitad de éstos tarde o temprano reanudan sus estudios. Finlandia disfruta de algunas ventajas: en comparación con otros países, tiene pocos inmigrantes que batallen con problemas de idioma y adaptación cultural. Además, el cultivo de la palabra hablada y escrita es una tradición finlandesa. Durante los siglos de gobierno sueco y ruso, leer y escribir en finlandés fue símbolo de nacionalismo y motivo de orgullo.
Sin embargo, hasta mediados de los años 70, Finlandia no era modelo de innovación escolar. Como en muchos otros países europeos, a los educandos finlandeses se les hacía un examen a los 10 años de edad a fin de encaminar los por “vías” académicas o vocacionales separadas. Esto determinaba prácticamente el resto de su vida, pues una vez encarrilados en una vía, era casi imposible cambiar a otra.
Para que Finlandia pudiera competir con éxito en la cambiante economía mundial-decían los críticos-, debía reformar su sistema educativo. “Para una sociedad basada en el conocimiento es mucho más fácil dar formación para las nuevas profesiones a una población altamente instruida”, expresa Leo Pahkin, asesor del Consejo Nacional de Educación de Finlandia. A finales de los años 70 los educadores empezaron a adoptar un sistema “centrado en el alumno” que daba más poder a los maestros y más atención a las necesidades individuales de los estudiantes. En primer lugar se abolió el examen que se hacía a los niños a los 10 años y se permitió que siguieran juntos en las mismas escuelas hasta que cumplieran los 16. Luego, en los años 80, se combinó en el mismo salón de clases a alumnos de todos los niveles de habilidad. Por último, en 1994, se descentralizó radicalmente la administración escolar y se dio a escuelas y maestros la libertad de establecer sus prioridades de enseñanza.Los finlandeses atribuyen su éxito educativo a varios factores:Los maestros se cuentan entre los mejor capacitados del mundo.
Aunque los sueldos de los maestros no son exorbitantes (entre 2400 y 4800 dólares al mes, dependiendo de la experiencia), la profesión goza de gran prestigio. Las universidades aceptan sólo a uno de cada siete solicitantes de puestos docentes, rigor selectivo aún mayor que el aplicado a los aspirantes a abogados y médicos. A los
maestros incompetentes se les llega a despedir, pero esto casi nunca sucede. “Esta profesión es tan difícil, que consideramos apto para ejercerla a cualquiera que termina la carrera docente”, dice Riitta Sarras, asesora del Sindicato de Educadores, que representa a los maestros finlandeses.
Los maestros disfrutan de un alto grado de autonomía.
Los profesores tienen libertad de usar los métodos de enseñanza que prefieran, elaborar los planes de estudio para sus grupos de alumnos y elegir los libros de texto para los cursos (o no utilizar ninguno). Una vez que se contrata a los maestros, no se les somete a inspecciones ni a evaluaciones periódicas. Richard Cousins, inmigrante inglés que lleva más de 10 años enseñando matemáticas en Finlandia, expresa: “En Gran Bretaña se lleva un registro exagerado del trabajo de los maestros. Aquí, el sistema confía en uno”.
No se usan formas estandarizadas de evaluación.
Los críticos finlandeses afirman que los exámenes generan inútiles presiones de tiempo y constituyen un castigo para los alumnos que quieren aprender a su manera. “En muchos países se cree que el aprendizaje mejora con la aplicación frecuente de exámenes”, dice Sarras. “Nosotros creemos lo contrario: la evaluación excesiva lleva a los maestros a enseñar para los exámenes, y muchos aspectos del aprendizaje no pueden evaluarse así”. A los 18 años, los estudiantes sí deben presentar un examen para entrar a la universidad. Casi dos tercios de los finlandeses cursan estudios superiores: una proporción muy alta de acuerdo con los parámetros internacionales.
Se enseña a los estudiantes a autoevaluarse. “Enseñamos a los niños desde el nivel preescolar para que se autoevalúen”, dice Kimmo Sundström, el director de la Escuela Poikkilaakso. “Esto los ayuda a hacerse responsables del trabajo que realizan y cuando asumen la responsabilidad trabajan con más libertad. El maestro no tiene que supervisarlos todo el tiempo”. Muchas escuelas primarias entregan a los niños un formulario de autoevaluación semanal que incluye frases como “Terminé mi trabajo”, “Recordé pedir permiso para hablar”, etcétera. Al final de cada frase hay una línea que tiene una carita sonriente en un extremo y una triste en el otro y los alumnos se califican tachando una de las dos. El maestro anota luego si está de acuerdo o no con la calificación.
En secundaria y bachillerato las autoevaluaciones suelen hacerse por escrito, y se realiza una evaluación más exhaustiva al final de cada año escolar. “Esto lo obliga a uno a pensar en lo que no hizo bien en el año y en lo que debe lograr en el siguiente”, dice Tuomas Siltala, de 18 años, quien terminó el bachillerato en mayo de 2005 y ahora estudia leyes en la universidad. “Uno aprende lo que puede hacer. No tiene caso engañarse”.Se fomenta en los estudiantes el trabajo independiente.
“Procuramos que los alumnos busquen información por su cuenta y no sólo en los libros de texto”, señala Kirsti Santaholma, quien desde 1982 enseña francés en la Escuela Itäkeskus, en un suburbio de Helsinki. “Así aprenden mejor”. Los estudiantes están de acuerdo. “Los profesores casi nunca dan la clase”, dice Tuomas Siltala. “Si uno se limita a escribir los que los maestros dicen, no se aprende nada. Es mejor que uno piense con su cabeza”.
El ambiente escolar es flexible y tolerante. En las escuelas finlandesas no se obliga a los alumnos a llegar antes de que empiecen las clases y no hay toques de campana que marquen el principio y el final de cada clase. “El exceso de autoridad genera resentimiento”, dice Richard Cousins, quien enseña en la Escuela Secundaria de Kulosaari, otro suburbio de Helsinlci. “Aquí los chicos son responsables y respetuosos porque les damos la libertad de venir. No vienen sólo porque se les ordena”.
Los alumnos de aprendizaje lento reciben apoyo especial. Quizá esto sea el mayor logro de los finlandeses. Según los resultados del examen PISA, Finlandia tiene la menor brecha entre los estudiantes más aplicados y los de rendimiento más bajo que cualquier otro país de la OCDE. En vez de considerar el apoyo especial como señal de fracaso, los finlandeses lo ven como una oportunidad para mejorar. Marja Koivisto, experta en educación especial de la Escuela Secundaria Olari en Espoo, al oeste de Helsinki, trabaja con alumnos que tienen problemas de aprendizaje o de conducta. Para cada uno de ellos crea un programa individual orientado a metas alcanzables: primero, asistir a clases; luego llegar a tiempo, llevar los libros, y así sucesivamente. “Cuando les dejo tarea, ni siquiera tienen que dar las respuestas correctas”, explica. “Lo importante es que lo intenten”.
En la pared hay una gráfica lineal para cada alumno. Cada vez que uno de ellos cumple un objetivo, Marja pone un punto nuevo en la gráfica y lo conecta con el anterior. Este sistema funciona: con muy pocas excepciones, las líneas van en constante ascenso. A los chicos indisciplinados se les corrige haciendo que se queden un rato en la escuela después de clases y, en casos extremos, con la expulsión temporal. A esos estudiantes se les asigna un programa de trabajo en casa. “Pero esos casos son muy raros”, dice Riitta Sarras. EL ÉXITO EDUCATIVO de Finlandia es tan rotundo, que resulta difícil encontrarle fallas. Con todo, algunos educadores de ese país se cuestionan si sus escuelas están descuidando a los alumnos superdotados. “Somos muy buenos para ocupamos de los estudiantes ordinarios, pero me pregunto si alentamos a los genios para que rindan al máximo”, dice Kyllikki Vilkuna, directora de la Escuela Secundaria de Kulosaari. “¿Convendría tener escuelas especiales para los alumnos talentosos? ¿Deberíamos brindarles más apoyo? Es importante que analicemos estos asuntos”. Sin embargo, los finlandeses creen (y los resultados del examen PISA lo demuestran) que todos los estudiantes, sea cual sea su capacidad, se benefician del aprendizaje cooperativo que tiene lugar en las aulas. Kirsti Santaholma acostumbra dividir su clase de francés en grupos de dos o cuatro alumnos y asigna al menos un estudiante sobresaliente a cada grupo. “Si pusiera juntos a los rezagados o a los de rendimiento medio, tendría que concentrarme sólo en ellos”, explica. “Al dividirlos así, los más aplicados ayudan a los atrasados y es posible recorrer el salón para supervisar a todos”.
Jamás critica a nadie. “Nunca decimos ‘estás mal’, porque eso avergüenza a los alumnos y socava su deseo de aprender”, dice Kirsti. “Todos son libres de cometer errores. Es normal no aprender en ocasiones. Es normal no aprender en ocasiones, o hacerlo lentamente. Les decimos a los muchachos que comparen sus calificaciones sólo con las anteriores, no con las de los demás”. La profesora hace una pausa y se pone pensativa. Lo que dice a continuación, de algún modo, sintetiza todo lo que el sistema educativo finlandés ofrece a los estudiantes: la garantía de paciencia, tolerancia y un compromiso autocrítico con la excelencia. “Cuando un alumno no aprende”, expresa, “pienso que algo está fallando en mi forma de enseñar”.
Preguntas y actividades
1. ¿Qué áreas de su labor como educador (didáctica, planificación, seguimiento, etc.) realiza mejor y cuáles considera debería reforzar?
2. ¿Qué diferencias encuentra en el rendimiento académico entre niños y niñas de su aula? ¿Qué acciones puede llevar a cabo para disminuir estas diferencias?
3. Menciones dos ejemplos u actividades que ayuden a nuestros estudiantes a lograr ser responsables mediante el uso de la autoevaluación.
4. En cuanto al modelo de trabajo cooperativo. ¿Es conveniente agrupar a los alumnos según su rendimiento académico?
5. Aplique el modelo de trabajo cooperativo finlandés en dos de sus sesiones de aprendizaje y comente los resultados obtenidos.
6. ¿De que manera podrían las escuelas peruanas seguir el ejemplo de las finlandesas y emular sus logros?
1. ¿Qué áreas de su labor como educador (didáctica, planificación, seguimiento, etc.) realiza mejor y cuáles considera debería reforzar?
2. ¿Qué diferencias encuentra en el rendimiento académico entre niños y niñas de su aula? ¿Qué acciones puede llevar a cabo para disminuir estas diferencias?
3. Menciones dos ejemplos u actividades que ayuden a nuestros estudiantes a lograr ser responsables mediante el uso de la autoevaluación.
4. En cuanto al modelo de trabajo cooperativo. ¿Es conveniente agrupar a los alumnos según su rendimiento académico?
5. Aplique el modelo de trabajo cooperativo finlandés en dos de sus sesiones de aprendizaje y comente los resultados obtenidos.
6. ¿De que manera podrían las escuelas peruanas seguir el ejemplo de las finlandesas y emular sus logros?
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